Home sweet home

Yo tengo una casa. Tengo un hogar. 
Es tu corazón.

Nada, nadie, en el mundo entero, me cobija igual. 



Ciudad de sonrisas escondidas

El otro día pasé junto a un montón de hojas secas, barridas y amontonadas en un rincón del parque. Y sentí unas ganas tremendas de tirarme de espaldas, con los ojos cerrados, y rebozarme de olor a tierra y humedad, y sentirme una cría de nuevo. No lo hice. Pero el sólo hecho de pensarlo, ya me arrancó una sonrisa.

Y la niña, de más o menos un añito, embutida de pies a cabeza en un mono acolchado, que me miraba desde el otro lado del vagón de metro, casi sin parpadear, como si yo fuera algo que ella jamás había visto antes en lugar de un ser humano como cualquier otro; también me hizo sonreír sin poder remediarlo.

Y mi gata, que en los días de frío se sienta frente a la ventana y estornuda, y me mira como diciendo "menudo día de perros". Y la otra, que estirada a más no poder sobre el edredón de la cama todavía sin recoger, parece decirme claramente con esos grandes ojos azules "quedarse en la cama todo el día es el mejor plan para hoy". Y cuando enciendo la radio y escucho una canción en la que justo había estado pensando un momento antes. Y cuando entro al supermercado y tienen de oferta las frutas rojas que tanto me gustan, y sólo con verlas, ordenadas tan preciosas en la cajita de plástico, ya disfruto imaginándome qué recetas voy a hacer con ellas. Y cuando amanece jueves, y ya pienso en todas las cosas que me están esperando a la vuelta de la esquina del fin de semana, cuando tú y yo podamos perdernos juntos por las calles de Berlín.

Cuentos de hadas del siglo XXI

Se conocieron una noche de agosto cualquiera, igual a la anterior, igual a la siguiente. La humedad, la temperatura, el ambiente... nada distinto que hiciera pensar que ésa sería una noche que recordar.
Ella, top amarillo y los vaqueros de salir, los apretados. Él, también con tejanos, y camiseta negra. En realidad era azul oscuro, tan oscuro que se veía negro. Podrían no haberse conocido nunca, pero no era eso lo que tenía que suceder. Dos ríos cruzarían aquella noche sus cauces irremediablemente.


Nada fue diferente en su primera conversación. Un chico y una chica, en una discoteca, presentaciones como ya se han visto muchas antes, conversaciones introductorias sobre todo en general y nada en particular. Cuántas historias empiezan así y terminan en nada? Esta fue al revés. Empezó en nada y no ha terminado aún. Y no terminará. Hace ya tiempo que se convirtió en una de esas leyendas que se cuentan generación tras generación, que los niños pequeños encuentran aburridas, y las niñas sueñan despiertas con que algún día les suceda a ellas también.


El primer beso no llegó en seguida, se hizo de rogar. Quizá por eso fue tan ansiado. Quizá por eso supo tan bien. Sabía a anticipación, a toda una vida por delante, a polvo de hadas. Uno de esos besos que te siguen rondando la boca y la mente, mucho después de haber sucedido. 
Y a pesar de que ambos sabían que lo mejor era olvidarse de aquel romance fugaz de verano... ninguno pudo. Y la historia volvió a repetirse. 


Muy a pesar de las dificultades, siendo la mayor la distancia, decidieron tirarse a la piscina de cabeza. Durante 5 largos años estuvieron juntos y estuvieron separados, pero la distancia física no se hizo latente en sus corazones, incluso en los momentos más grises. Al final el tozudo destino se salió con la suya, y eliminó todas las barreras. Y el príncipe, que ya había dejado de ser rana largo tiempo atrás, pudo por fin reunirse con su princesa por siempre jamás. 
 





Este es mi regalo/cuento de cumpleaños
para la persona más especial de mi mundo:
David, 6 de febrero de 2011.

Mi escalera

- Oye! Qué haces aquí en medio? Esta es MI escalera! De MI casa!
- Es que el otro día te ví, y me gustó tu bufanda...
- Estás loca? Drogada? Eras tú la de la bufanda!
- Ah...
- Bueno, te quitas del medio, o qué?
- Sí, perdona... sí.

Carolina se levantó, y tal como estaba sentada, con las manos en los bolsillos de los pantalones, arrastró los pies solamente unos pasos. Se giró, y miró a Carlota con esa mirada perdida tan suya, tan de corderito degollado.

- Yo soy Carolina. Pero no importa. Nada importa ya.

Carlota se quedó en la puerta todavía cerrada, mirándola, con la boca abierta y las llaves en la mano, sin mover un músculo. No sabía qué tenía aquella chica, que ambas veces que la había visto, no había podido evitar quedársela mirando.

- Oye! Oye! Esto... Carolina! - pero no se volvió.

Carolina y Carlota, Carlota y Carolina

- Hola.
- Mmmmm... - una mano muy blanca cubierta de finas venas azules suelta la bufanda y hace un gesto, a medio camino entre el saludo y el desprecio.
- Oye!

Carlota vuelve a dirigir la mirada al suelo, mientras piensa en el pelo sucio de la extraña de la bufanda, y en sus ojos tristes, pero brillantes, y en cierto modo, hipnóticos.

A su vez, la extraña de la bufanda y el pelo sucio, piensa en las estúpidas náuticas de la chica de la escalera, tan estúpidamente bien atadas, que le dan ganas de volver corriendo y pegarle una patada en la espinilla a la chica. Pero no lo hace, en parte porque está muerta de cansancio, en parte por la rabia que le da pensar en lo guapa que es la estúpida chica de las estúpidas náuticas color beige.

Ciudad mojada, fría, hermosa

                                                            
Cómo puede ser que una ciudad sea tan hermosa, que hasta recién despierta tiene duende?

Nubes grises se ciernen sobre los pináculos de tu catedral, pequeños charcos aquí y allá en las calles y calzadas, resaca de la tormenta de anoche.

Una furgoneta soltaria, parada cerca de una panadería, tentaciones a la vista de los pocos paseantes madrugadores.

El mar a un lado, avenidas anchas y largas al otro, callejuelas, plazas, escaparates, paradas de autobús... Sólo tú y yo sabemos cuánto te echaré de menos.

La vida puede ser maravillosa

Corría el año 2011, en Palma. En la radio sonaban temazos como "What the hell" de Avril Lavigne, o "El secreto de las tortugas" de Maldita Nerea. El año anterior había sido el año que España ganó el mundial, y todo el mundo se volvía loco por el Barça, el equipo del momento. El 2011 prometía el fin de la peor crisis económica de nuestra época, y los buenos propósitos de año nuevo se podían palpar bajo la piel de cualquiera. Fue el año que la ley antitabaco llegó a nuestro país.

Era el año de Berlín.














Tú habías acabado los estudios hacía no muchos meses. Yo trabajaba en un puestecito sin ningún futuro de una empresa cualquiera, mientras esperaba al trabajo de mis sueños. Tú llenabas tu tiempo libre con videojuegos donde se mataban extraterrestres. Yo conducía el BMW de mi padre de manera desvergonzada y superando con creces los límites de velocidad, y a veces te dejaba que lo hicieras tú también. Habíamos pasado un año duro, pero sabíamos que lo mejor estaba por venir.

Era nuestro año.

Íbamos a vivir juntos, por fin. Compartiríamos dos trabajos, un piso, dos gatos, una gran ciudad. Nuevas sensaciones esperando al final de cada línea de metro. Gastronomía que experimentar, en los paladares y en cocina propia. Enseñarles la nueva desconocida a nuestros viejos amigos. Todo al alcance de las yemas de los dedos...